En la entrevista publicada recientemente en el diario digital La República.es, el político, cantautor y escritor aragonés José Antonio Labordeta dice de su padre que era «un republicano azañesco, de los que pensaban que la cultura iba a cambiar el país», idea compartida y defendida por un buen número de ciudadanos de aquella época, los mismos ciudadanos que hicieron posible la llegada de la II República.
Setenta y cinco años después, y contabilizado el innegable progreso de este país en todos o casi todos los órdenes, el déficit cultural sigue siendo un lastre que impide que se produzcan cambios aún más profundos en nuestra sociedad. Hay ejemplos concluyentes de que la Cultura es, todavía hoy, una asignatura pendiente en demasiados currículos, si bien los dos que siguen son harto elocuentes por su cercanía.
Desde hace un par de semanas, una cantante protegida por el sistema meramente comercial que se ha hecho con buena parte de la industria musical española, el nefasto Operación Triunfo, ocupa espacios preferentes en diarios y revistas, programas de televisión, foros y páginas de Internet y demás medios de comunicación. Y no es porque la cantante haya ofrecido al público un producto original, ni siquiera porque su interpretación del tema «Vivo por ella» [Andrea Bocelli: «Vivo per lei», en Romanza, Sugar, 1997] aporte una nueva lectura o pueda considerarse especialmente afortunada. Quien pueda hacerlo, que compare la versión de nuestra cantante OP con, por ejemplo, la de Hèléne Ségara. No; la razón del reciente e inconmensurable éxito es, según parece, la impura dicción de la triunfita, que convirtió «por ella» en la inexistente palabra «poyeya». Quienes defienden a la cantante dicen que todo fue debido a un problema de la mesa de control de sonido. Tal vez, pero lo cierto es que en cualquier motor de búsquedas en Internet, cuando tecleamos «poyeya» la cifra de resultados sobrepasa las 100.000 referencias, y subiendo. Incluso se están preparando en estudio versiones veraniegas de la versionada canción, apoyadas, cómo no, en el pollo montado poyeya.
La segunda elocuencia también está relacionada con la televisión. A mi hija, a sus diez añitos, le gusta ver el programa llamado Lingo, y a mí me gusta verlo junto a ella, y animarla para que intente encontrar las palabras escondidas en los tableros de juego. Ayer, antes de cenar, estábamos los dos sentados frente al televisor, disputándonos el privilegio de adivinar antes que los concursantes las palabras en cuestión, cuando el presentador, al hilo de un comentario sobre el Parque del Retiro y la Feria del Libro de Madrid, le preguntó directamente al chico concursante por sus lecturas. La respuesta fue terrible, aunque quiero pensar que no fue en serio: «Yo no leo. El último libro que he leído fue el manual para el examen del carné de conducir». El mismo chico, de unos veinticinco años, había alabado sólo unos minutos antes las bondades del histórico parque madrileño para celebrar en él los botellones. «Yo no leo». Tanto el presentador como el público (presente en el estudio o pregrabado) rieron la ocurrencia del concursante y, sin más, en el tablero de juego apareció la siguiente inicial y los puntos suspensivos.
No hace falta ser republicano azañesco, ni republicano a secas, para reclamar un cambio en los usos culturales, aunque no me cabe duda de que desde ciertas posiciones políticas y sociales, la constatación del ínfimo nivel cultural de este país se considera un problema grave y acuciante. ¿Quién le pondrá el cascabel al gato?