[Memoria apócrifa de Rivas-Vaciamadrid.Tercera entrega] No se puede entender la importancia de Maripérez de Vacía Madrid, manceba de la casa del marqués de Ladrada, sin emprender antes un breve recorrido por la historia del chocolate a lo largo del XVII.
Si durante algunos años, la inclusión del chocolate en la dieta alimenticia europea fue anecdótica, a partir de la puesta en funcionamiento, a principios del siglo XVII, de las primeras fábricas en Italia y Francia, el consumo del brebaje elaborado a partir de las semillas del árbol de cacao aumento exponencialmente. Sus bondades nutritivas, y hasta medicinales, se extendieron por todos los reinos de Europa.
En España, también se popularizó el consumo del chocolate; y, como no podría ser de otra forma, la Corona vio en el comercio de ultramarinos ocasión de llenar sus insaciables arcas.
En 1632, el Conde Duque de Olivares solicita a las Cortes de Castilla un nuevo subsidio de nueve millones de ducados. El destino de este dinero no era otro que colaborar al mantenimiento de los ejércitos imperiales y sus continuas guerras. Las Cortes, bajo veladas amenazas de disolución, aceptaron conceder al de Olivares cuatro millones y medio de ducados, con pagos parciales durante los siguientes seis años. Para recaudar esta suma, se recurrió al pueblo: a los impuestos que ya gravaban la mayoría de productos básicos, vinieron a sumarse algunos nuevos, como los del papel, el azúcar, el pescado y el chocolate. Si esta fórmula recaudatoria tuvo éxito, otra de las propuestas del Conde Duque, no tanto; el llamado crédito de la nobleza, por el que cada noble debía desembolsar 1.500 ducados, no fue bien recibido por los aristócratas. Pocos pagaron, y quienes sí lo hicieron, de bastante mala gana.
Para compensar, al menos estéticamente, la subida de precios del chocolate, los utensilios para su preparación y servicio fueron depurándose y, entre otras novedades, antes de mediado el siglo XVII, llegó a la península la mancerina, cuyo diseño inicial se atribuye al virrey del Perú Pedro de Toledo, primer marqués de Mancera. El Diccionario de Autoridades de la Real Academia Española define la macerina como “especie de plato o salvilla, con un hueco en medio, donde se encaja la jícara, para servir el chocolate con seguridad de que no se vierta”. Fabricado en cerámica o plata, las localidades de Talavera, por un lado, y Manises, por otro, habilitaron los primeros centros productores de macerinas.
Cayó en desgracia el Conde Duque de Olivares y murió su valedor, Felipe IV, pero los tributos del chocolate permanecieron incólumes. A la altura de 1680, la nómina de impuestos de la Villa de Madrid incluía, en el apartado “sisas recaudadas para necesidades extramunicipales”, unas rentas para la Corona de 500.000 ducados sobre el consumo del cacao y el chocolate. El medio millón lo recaudaban entre varios organismos municipales competentes; y el rey beneficiario era Carlos II, el último Austria, de quien se cuenta que fue embrujado con una taza de chocolate que, además de azúcar, agua y cacao, contenía también al mismísimo diablo. Según parece, ni galenos ni exorcistas lograron desahuciar al nuevo inquilino de las tripas del rey, aunque puede que todo esto sea sólo una leyenda. Lo que sí puede probarse, gracias a la crónica de talabartero cordobés maese Romero, es que Carlos II, en uno de sus escasos viajes fuera de la Villa, pasó por Vaciamadrid, y calmó sus apetitos bebiéndose la jícara de chocolate que, muy graciosamente, le ofreció una vecina del pueblo. Por supuesto, esa vaciamadrileña fue la Maripérez.

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