Si con motivo y justificación en la crisis financiera internacional, las autoridades legislativas ordenasen el cierre inmediato de las entidades bancarias cuyo grado de responsabilidad en el desaguisado aún está por determinar, la medida sería tachada de drástica, cuando menos. El problema de los bancos, cajas y demás entidades financieras no es su existencia, sino la concienzuda tarea de desmantelamiento de controles a mayor gloria del libre mercado y la ingeniería financiera, ese artificio de cabello engominado, que diría Borges.
Cada día nos llegan noticias sobre nuevos planes de reflotamiento que, en general, pasan por inyectar dinero en las venas del sistema, con la esperanza de que quienes antes derrocharon sean ahora un poco más ¿eficientes?, ¿honrados?, y no volatilicen unos recursos que proceden de la caja común del Estado. En teoría, estas inyecciones sirven para que la circulación del dinero no se interrumpa, porque la generación de riqueza depende, entre otros factores, del número de veces que al cabo del año se mueva la masa monetaria disponible. Así, desde un punto de vista puramente económico, repartir dinero entre el tejido empresarial y financiero es casi una obligación. Como también es una obligación que los estados controlen con la máxima diligencia dónde están en cada momento los euros cedidos y exijan a los prestatarios los correspondientes retornos.
Pero estas medidas, admitiendo de antemano su desarrollo positivo, deben ir acompañadas de algo más. Si no se determinan y analizan las causas que han provocado la crisis, si no se reflexiona y debate sobre la evidente inconsistencia de un sistema ultracapitalista que, lejos de facilitar la cohesión, ha dividido el mundo en celdas estancas de riqueza (pocas) y pobreza (la mayoría), si no se buscan y aplican modelos de desarrollo sostenible, basados en el bien común y el progreso armónico de los pueblos, de nada habrá servido el susto y el rechinar de dientes. Puntos de partida para este proceso los hay en abundancia, es más, algunas propuestas llevan sobre la mesa muchos años, tantos que el papel donde fueron escritas comienza a amarillear por los bordes. Sin ir más lejos, se puede recurrir al corpus legislativo de la Unión Europea.
Comparando los textos que dieron origen a la Comunidad Económica, con las últimas proposiciones y recomendaciones de la Unión, es fácil comprobar que desde 1956 se ha recorrido un amplio espacio, y que los ponentes, poco a poco pero con decisión, han ido virando desde una concepción comercial (prioridad del mercado) hacia una visión social (prioridad de las personas). El futuro de Europa se apoya en conceptos como cohesión e inclusión social, derechos de la ciudadanía, solidaridad, estrategias sostenibles, redes de conocimiento. Pero luego, cuando llega la ocasión de divulgar esos conceptos, chocamos, como en este mes de junio, con una campaña electoral muy por debajo del mínimo exigible, una campaña donde la anécdota, el chascarrillo y el improperio ocultan la ignorancia, el desconocimiento o, simplemente, la vagancia de muchos candidatos. Visto así, poco importa quien gane. ¿O no?
[Artículo publicado en la revista Covibar, número 181, junio de 2009]






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